Hay cosas que parecen muy sencillas en la vida, como por ejemplo estudiar un master en administración, pero existen otras a las que no le encontramos ni siquiera una explicación como es, el por qué la iglesia católica si acepta la nulidad del matrimonio, pero no acepta el divorcio como tal. Tal cuestionamiento suele ser constante al momento de que una pareja desea en mutuo acuerdo o no, solicitar un divorcio, cuando ya se han casado por la iglesia. 

Lo primero que haremos será aclarar algunos conceptos y contextos. En cuanto al contexto del divorcio el estado se encarga del trámite del matrimonio civil como una manera de establecer una regulación en la vida de los ciudadanos. Por tanto, se hace referencia a la «declaración de nulidad matrimonial» solo si se trata del ámbito eclesial católico. Cabe destacar que el significado de dichos términos, no es equivalente.

En el caso del divorcio, se puede entender que se trata de la disolución por sentencia de un matrimonio, es decir, el cese efectivo y definitivo de la convivencia conyugal, para lo cual la «declaración de nulidad matrimonial» supone un reconocimiento público de la Iglesia de que dos personas, realmente, nunca estuvieron casadas.

La casuística para alcanzar un veredicto de este tipo por parte de la Iglesia, suele ser bastante amplio. Pero ajustandonos a algunas de las motivaciones más comunes que pueden ser encontradas, una podría ser la imposibilidad de engendrar hijos, por supuesto que con el desconocimiento de la otra parte contrayente, la no intención de fidelidad perpetua en matrimonio monógamo, el no querer hacer y entender con el matrimonio lo que hace y entiende la Iglesia católica, casarse por amenaza, entre otros. En el caso de las diócesis, estas suelen encontrarse dotadas de juzgados mediante los cuales se pueden tratan los casos de las personas que solicitan el reconocimiento de nulidad matrimonial.

En todo caso, es posible dilucidar que el divorcio y la declaración de nulidad matrimonial no se tratan de lo mismo, y ello se debe a que el primero supone el rompimiento de una realidad que ya es existente, mientras que el segundo, se encarga de reconocer que, de hecho, esa realidad matrimonial realmente nunca existió.

En todo caso, es importante reconocer que los tiempos han cambiado y que la mayoría de nuestros valores personales se encuentran afectados directamente por la sociedad, pero dicha sociedad ahora no solo se trata de los que nos rodean, sino también de la que es percibida a través de los medios, en la cual nos reflejamos como un patrón repetitivo de conducta que necesariamente no están sustentados en la familia como anteriormente se aprendió, es decir, como la unidad fundamental de la sociedad. Sino que más bien, se trata de una estrategia de índole completamente comercial, en la que se nos indica cómo debemos o no vestirnos, como caminar, como sentir, e incluso en quién o qué creer, lo cual para muchos se trata de un efecto de la pérdida de la cultura que indudablemente ha decaído.

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