Para quienes hemos crecido en culturas llenas de espiritualidad, sabemos que de manera habitual, los actos que involucran a las oraciones se acompañan de algún tipo de postura física, que bien podría ser juntar las palmas de las manos, quizás mostrar las manos abiertas con las palmas hacia arriba, mirar al cielo, abrir los brazos en cruz, bajar la mirada u ocultar el rostro entre las manos. Otros realizan movimientos en forma de vaivén, la postración, como un modo de humillación y actitud ascética de conversión, en las que, las personas se arrodillan o se inclinan.

También se conoce una postura que proviene del budismo zen, y es adoptada por los monjes cristianos, esta se denomina posición del diamante o también postura carmelitana, en donde la persona que ora se coloca de rodillas y sentado sobre sus talones, con las palmas de las manos abiertas hacia arriba y sobre las rodillas con una actitud de recogimiento y acogida. Para poder lograr tal fin, incluso se han diseñado diversos objetos que resultan adecuados como los reclinatorios en el catolicismo, y las alfombras de oración como la Alfombra de Baluch en el islam y el cristianismo copto.

En el caso de la oración musulmana, es conocido que se requiere de un ritual contentivo de posturas que es bastante codificado, y que además ello incluye una específica orientación hacia la Meca. si se trata de los judíos contemporáneos, estos no se inclinan. Sin embargo, anteriormente se inclinaron al momento de recitar los rezos. En la actualidad, ellos mantienen un ritual de oración que muestra un vaivén frente al Muro de las Lamentaciones y los textos sagrados.

Para los etíopes modernos, estos mantienen la costumbre de la inclinación, y ello quizás se deba a las inmigraciones de los antiguos judíos que llegaron a Etiopía, aunque su inclinación es más similar a la inclinación japonesa. Su postura es algo incómoda durante la oración ya que esta cuenta con una larga duración, que podría ser considerada una manera ligera de mortificación física, que en algunos casos ha podido ser exteriorizada en golpes; que en la actualidad han sido estilizados como por ejemplo, llevarse el puño junto al pecho al decir: Por mi culpa, por mi culpa, por mi grandísima culpa, del confiteor católico.

No obstante, tales auto-agresiones cuya finalidad es religiosa, no suelen ser propias como tal de la oración, sino que demuestran alguna forma de penitencia donde lo material y lo corpóreo puede ser de gran ayuda o simplemente estorbar al momento de entrar en diálogo con Dios. Los humanos solemos estar conformados por solo una pieza compuesta de cuerpo y alma. De manera que, nuestras posturas simplemente influyen al momento de realizar una oración, en donde también participan el resto de sentidos: la vista y el oído, la imaginación y la memoria.

A nuestra oración la pueden acompañar además el ambiente, donde haya algún tipo de canto litúrgico, flores, ornamentos, armonía en los movimientos, incienso, entre otros factores. Pero además podría incidir también otros factores como el ruido, el desorden, la falta de limpieza, los cantos desafinados, etc.

Deja un comentario